viernes, 7 de enero de 2011

CUENTO DE BASAJAUN 1ª parte

¿Qué es entonces un bosque? Encuentro con Basajaun.

Ante tanta confusión sobre lo que es un bosque, pensamos, que quién mejor podía aclararlo no era otro que el mismísimo Basajaun. La tarea no parecía en principio fácil, pues primero había que encontrarle: a quién le tocó la tarea, al que tuvo la idea.
Anduve montes y valles, pregunté al duende del haya trasmocha de Murua. Al árbol que bosteza de Andagoia, al lirón gris de Barazar. Cuando ya desistía, pensé que debería buscarle primero en un verdadero bosque, eso que tantas veces había escuchado en la Universidad, un bosque maduro.
Recordé las lecciones aprendidas en otro contexto:
“Un bosque de compleja estructura y composición vegetal, formado por árboles autóctonos de diferentes especies y edades, de árboles viejos con numerosos huecos y abundante madera muerta; variado sotobosque y la presencia de diferentes especies de animales y plantas bioindicadoras de su madurez".
Así, di por fin, con él en un recóndito valle en las inmediaciones del Gorbeia, del que comprenderéis no diga el nombre.
Rodeado de plantaciones de pinos, autovías y cemento, Basajaun se refugia en una de las últimas islas autóctonas, cada vez más pequeñas, que aún le quedan, milagrosamente salvados por su fuerte pendiente, suelo rocoso e inhóspito del lugar.
Recostado sobre un haya, le encontré desmejorado, cansado de tanto tener que cambiar de casa. Como si llevara tiempo esperándome aceptó que le hiciese mis preguntas sabedor de mis intenciones.
A la pregunta sobre lo que era un bosque, simplemente se encogió de hombros; enseguida comprendí, si había dado con él, un verdadero bosque debía ser algo parecido a éste en el que nos encontrábamos. De tomos modo me invitó a que le acompañase.
Me llevo a un lugar donde los arándanos crecían tan espesos bajo nuestros pis que no tocábamos el suelo; pacientemente llenamos un cesto, también recogimos marrubis y entre la hojarasca unos cuantos boletus.
Entre el silencio, tan sólo roto por el chasquido de nuestros pasos, empezamos a escuchar el toqueteo de las gotas de lluvia sobre las hojas, primer filtro protector a la fuerza erosiva del agua sobre el suelo. Las gotas escurrían lentas por los troncos y caían suaves sobre el segundo filtro protector, el manto de hojarasca y musgos. La gruesa capa de hojas, ralentiza la velocidad del agua que sigue su curso tierra adentro para encontrase con las simbióticas redes de micelios y raíces a través de las cuales los árboles absorben la que necesitan. Placada la sed, el sobrante seguirá su curso filtrada para resurgir de nuevo en fuentes arroyos y ríos, incluso días después de haber llovido.
En la sed íbamos pensando cuando, como si de un espejismo se tratase, apareció ante nuestros ojos una hermosa cascada en medio del hayedo. El mirlo acuático al vernos desapareció tras la espuma, para demostrarnos que esa agua cristalina, oxigenada y pura era apta para beber, eso que nosotros conocemos como potable.
En estos andares por el bosque, reconocimos las huellas del tejón en el barro, escuchamos el eco del tamborilero del picapinos en la madera muerta de un viejo roble. Muerto por el suceder de los años y por ser uno de los pararrayos naturales, estaba, sin embargo, más vivo que nunca: en una grieta del tronco el trepador azul tenía su yunque; en un viejo agujero del picapinos se oía el piar de los pollos del carbonero; en una rama una ardilla dormitada al calor de los rayos del sol que se abrían paso entre el espeso follaje. Y en lo más alto, paradojas del destino, para quienes forman la base de las cadenas tróficas, en una horquilla natural, los pollos del azor se emplumaban veloces por la enorme cantidad de volanderos que por esta época forman parte de su dieta.
© Txemi Martínez Postigo

2 comentarios:

sendoarey dijo...

hola soy sendoahijo de ritxar y nuria)me ha encantado tu historia

sendoarey dijo...

txemi me he encontado esta historia y me a servido mucho para un trabajo.sigue poniendo cosas tan interesantes.

Un beso

sendoa (hijo de ritxar y nuria)