miércoles, 29 de mayo de 2013

ECOSISTEMA DEL BOSQUE: RUTA POR EL MONTE BUCIERO.

Santoña esconde un tesoro dentro del imperial Monte Buciero. Escenario de batallas en épocas pasadas alberga un itinerario botánico nada desdeñable, que con tiempo y mucha observación permite al viajero obtener instantáneas como  las que ilustran esta entrada.

La humedad y la elevada cantidad de pluviometría la tienes garantizada en este paraje. Gotas que se filtran en tallos, ramas y hojas que permiten el crecimiento posterior de una considerable variedad de flora.

Si por algo se caracteriza el monte Buciero es por ser la despensa del encinar Cantábrico y todo lo que este representa. Su cortejo florístico asociado; su fauna representativa; su geología específica; sus pasajes históricos y su gente que convive en los alrededores.

Flores que brotan con fuerza en la estación primaveral, a ambos lados del camino asfaltado que lleva al viajero hacia el epicentro del Monte. Cuando gana en altitud obtiene una vista panorámica de las marismas de Santoña y del propio pueblo dignas de enmarcar.

No es ajeno el territorio a las inquietudes y luchas  vecinales que ponen en tela de juicio las futuras explotaciones en la tierra a la búsqueda de nuevos yacimientos de gas.

Amarillos, violetas , rosas, verdes, azules y rojos componen el arco iris cromático de las flores que el viajero descubre a su paso. Algunas pasadas por el vencimiento de su fecha de caducidad; otras en pleno esplendor brotando con inusitada fuerza gracias al enclave privilegiado en el que residen.

Nos encontramos en el hábitat propicio de un mamífero que se camufla con cierta frecuencia en el sotobosque del encinar. Su hocico pronunciado le permite hundir el morro en busca de raíces que le proporciona el sustento diario.


Al llegar a esta señal el viajero encuentra la puerta a este misterioso bosque donde los árboles, las flores, las aves y mamíferos que lo pueblan son los verdaderos protagonistas del ecosistema.

Las hojas actúan como manto protector de los inquilinos que transitan por este bosque. Cantidad y diversidad confluyen en esta ruta para saciar el gusto de una inmensa minoría.

En un claro se abre una ventana imaginaria en el horizonte . Prados que sirven de forraje para la poca cabaña ganadera que sobrevive en la zona.

Brotes jóvenes de quercus arraigan con fuerza en un ambiente un tanto hostil para la supervivencia de esta especie.

La erosión en la roca provoca formas geométricas curiosas, sugiriendo al viajero imágenes abstractas donde el arte y la naturaleza se funde en un sólo sentido.

El acebo con su color y tono vivaz se muestra desafiante  dentro del encinar y su flora característica.
Unas diminutas pisadas sobre el barro de un  mustelido  rememoran en el viajero la frase o lema de la hinchada del equipo inglés de fútbol del Liverpool: NUNCA CAMINARÁS SÓLO.

Hojas aserradas que actúan como puentes que encauzan el agua y lupas diminutas que detallan en primer plano los nervios que las componen.

El Karst y la tupida vegetación que lo cubre a modo de manto son dos de las señas de identidad del Monte Buciero, una península enlazada al continente por un tómbolo donde se localiza la playa de Berria.

Las condiciones metereológicas que se dan en su interior producen un microclima que posibilita el desarrollo de una elevada diversidad de especies. Concretamente, lianas y arbustos, asemejándose de alguna manera a los ambientes propicios de laurisilva presentes en la lejana Macronesia.


Los árboles viejos también tienen relevancia dentro del ecosistema. Son fuente de cobijo para microorganismos que cumplen una función básica dentro del propio bosque.

Los balcones abiertos que circundan el camino por el que transita el viajero le muestran la vecina Laredo al otro lado del mar.