viernes, 20 de septiembre de 2013

UNA VISITA AL OCULISTA


Nos hacemos eco de esta fábula muy personal de su autor Jaime izquierdo, con el que hemos compartido experiencias y  puntos de vista en algunas Jornadas  y  Conferencias. Coincidimos en que siempre hay que mirar más allá de lo que uno ve en un paisaje concreto. Os dejo con el pregón.


 EL DÍA QUE APRENDÍ A MIRAR…
(PREGÓN DE LA XXXIII FIESTA DEL ASTURCÓN)
Jaime Izquierdo Vallina
Mayada de Espineres (Piloña), 24 de agosto de 2013
Dedico este pregón a Fray Toribio de Santo Tomás y Pumarada, nacido en La Riera, en el concejo de Colunga, que en 1711 dejó escrito: “…la conservación de una cossa es su continúa producción, y se reputa el conservar por lo mismo que producir, y lo mismo es estar conservando una cossa que estarla siempre produciendo”.
Y también se lo dedico a la memoria de mi tío Alberto Vallina de Miyares que cuando era guaje me contó que para que las vacas dieran buena leche había que cantarles cada día una canción, que había asturcones con alas capaces de saltar por encima de los lindes de avellano y que para pescar salmones gigantes había que ser un gran nadador…todas estas enseñanzas han sido de gran utilidad en mi vida adulta.
Estimados alcaldes de Piloña, Caravia, Colunga y Parres; representantes de la Asociación de Conservadores del Asturcón y de la Junta del Puerto del Sueve; Directora General de Desarrollo Rural y Agroalimentación del Gobierno del Principado de Asturias; pastores, ganaderos, amigos, vecinos, visitantes, vacas y asturcones muy buenos días.
Si quise dedicar el pregón a Fray Toribio, y a mi tío Alberto, quiero también agradecer de todo corazón a los organizadores su invitación para pregonar en la Fiesta del Asturcón. Distinción que como piloñés considero un honor.
Regreso a Espineres, a esta mayada adehesada de majuelos en el corazón de la Sierra del Sueve, después de haber recorrido aquí y allá otros lugares donde se practica el pastoreo y de haberle dado muchas vueltas a la cabeza sobre qué hacer con las montañas donde han vivido los pastores desde el mismo día que inventaron la ganadería.
Voy a contarles a ustedes un extraño suceso. Una historia que no había contado nunca a nadie y que marcó para siempre mi forma de ver las cosas.


Todo empezó hace ya algún tiempo en la oficina de la Consejería en Oviedo. Al encender el ordenador noté que no veía bien. Uno de mis compañeros me aconsejó que fuera a un oculista del que me dijo que no solo era un excelente médico sino que tenía un original método para curar los problemas de visión.
Me fui a la consulta y en la sala de espera aguardaban su turno cuatro personas. Me senté y nada más hacerlo salió el oculista.
―Buenos días ―dijo muy sonriente―. Muchas gracias por elegir mi clínica y por confiar en que podamos ayudarles con sus problemas de visión. Lo primero que tengo que decirles es que les voy a examinar a ustedes uno a uno pero no lo haré por separado sino que lo haré en esta sala y de forma conjunta.
A mí aquello me pareció muy raro pero ya me habían advertido que sus métodos no eran muy usuales. Nos dio unas gafas a cada uno, me las coloqué y cuando levante la vista no vi el típico cartel de letras y números en hileras ordenados de más grande a más pequeño que tienen todos los oculistas. No, no vi eso….¿saben lo que vi?...ni se lo imaginan… ¡una foto enorme de la Sierra del Sueve!
El oculista preguntó entonces si reconocíamos el lugar. Y todos dijimos que sí. Se dirigió entonces al hombre que estaba sentado en la primera silla y le preguntó qué veía.
―Pues veo una sierra que tiene unas condiciones magníficas para la producción de madera. Se pueden plantar eucaliptos en las zonas más templadas, en las partes bajas cerca del mar y en los valles bajos. Y luego podemos plantar pinos en las zonas más altas, las más frías…
―Vale, vale, perfecto —interrumpió el oculista— ¿Además de una sierra para plantar pinos y eucaliptos ve usted algo más? ―le preguntó.
―Pues, la verdad, no…no veo nada más… ¿es grave doctor? —preguntó el hombre con cara de preocupación.
―Hombre, pues la verdad es que sufre usted de una enfermedad que estuvo muy extendida allá por los años sesenta del pasado siglo XX y que se llama forestalitis maderera aguda. En aquellos años fue una enfermedad muy común, pero ahora, afortunadamente va remitiendo aunque todavía sufrimos sus secuelas.

El oculista se dirigió entonces al segundo paciente. Y le hizo la misma pregunta: ¿Qué ve usted cuando mira la Sierra del Sueve?
―Gamos, gamos, veo gamos, muchos gamos…. Una sierra ideal para repoblarla con gamos…una maravilla, gamos por aquí, gamos por allá…veo gamos hasta cuando voy a jugar al golf… —dijo el hombre entusiasmado.
―Bien veo que usted tiene un problema de visión similar al de su compañero, aunque en su caso él solo veía la posibilidad de plantar pinos, usted ve solo la posibilidad de repoblarla con gamos. Ambos casos proceden de la misma enfermedad profesional que tuvo tintes de epidemia durante la industrialización y que se llama visión concentrada y productiva en monocultivos.
―Por cierto, ¿ustedes dos se conocían? —preguntó el médico.
―Sí, sí,… —contestaron ambos al unísono— Trabajamos juntos hace muchos años en el Patrimonio Forestal del Estado y luego en el ICONA.
Preguntó entonces el oculista al tercer paciente. Un chico joven, que llevaba una camiseta con un dibujo de un lobo aullando a la Luna. Le hizo la misma pregunta y el muchacho respondió:
―Veo en el Sueve un santuario para la naturaleza donde el hermano lobo pueda encontrar su hogar y escapar de la persecución a la que lo sometemos los humanos. Veo una montaña donde los lobos pueden recuperar sus tierras, porque estaban antes que nosotros, y vivir en libertad cazando para que la naturaleza siga su curso sin que nadie la toque y alcance así el clímax y el equilibrio supremo…
―Vale, vale, entendido. No sigas, chaval —dijo el oculista—. Tienes una hipermetropía ecologista profunda producida por haber visto mucha televisión, muchas películas de Wald Disney, por sobreexponerte a los documentales de naturaleza de La 2 y por no salir al monte nada más que de paseo los domingos. Eso te lleva a confundir el campo con la naturaleza salvaje y a creer que lo salvaje y la libertad son lo mismo. Tienes un problema grave de visión y como no te pongas a tratamiento me temo que la próxima visita que hagas no va a ser a un oculista sino a un psiquiatra ―le dijo muy serio el médico.
Y entonces me llegó el turno a mí. ¿Qué ve usted cuando mira al Sueve?


―Pues veo el PORNA, vamos quiero decir, la oportunidad de desarrollar dentro del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de Asturias una figura de conservación de la naturaleza bajo la denominación de Paisaje Protegido con la posibilidad complementaria de declarar algunas zonas de Reserva Integral de máxima protección…
―Vale, vale, de acuerdo —interrumpió el oculista—. Ya veo que es usted funcionario y que su problema es de astigmatismo burocrático y vista cansada. ¡Tanto expediente, tanto decreto y tanto Boletín Oficial acaban por pasar factura! —me dijo compadeciéndose de mí con la mirada.
Finalmente le llegó el turno a una paisanina muy mayor que había permanecido en silencio observando todas las intervenciones. Cuando el oculista le preguntó qué veía en la Sierra del Sueve, la mujer contestó: ―Veo mió casa. Allí, en esa aldeina al pie la Sierra. ¿Non la ve usted? Ye roína pero vese bien porque pa mí ye muy grande…Y veo los gochos, y la viesca pequeña a la que díba per llleñi con los mios hermanos, y la fuente y la viescona grande de la que salieren les vigues pa la cuadra. Y veo el rebañu de oveyes que mió padre me dexó y les cuatro vaques. Y les dos burres braves, que ahora i-os dicen asturcones, con los sos potrinos mamando. Y veo la hermandad que anantes formábamos toos los vecinos del puertu para repartirnos les tarees n´l monte, y les veceres y les sestaferies,…y veo el respetu que mos teníamos entre nos y el valor que i dabamos a les ordenances que iguaben el trabayu n´l puertu… veo lo que fuimos cuando el monte yera parte la casa. Y ye nidio que naide quier pa so casa nada malu… ―Oiga, ¡está usted fenomenal de la vista! —le dijo el oculista—. Lo que no entiendo es para qué ha venido a la consulta. ― Ye que yo miro pal monte —le contestó la mujer— y veo lo que fuimos y tamién veo en lo que mos tamos convertiendo y non me gusta ná. Lo que pasa ye que casi naide ve les coses asina perque dicen que son coses de los vieyos. Ye ciertu que va años abondo xente moza dexó la aldea pa trabajar lloñe, nes fábriques. Y que los pocos que quedaren no alcanzaren a organizase como tábamos organizaos anantes. Ca un mira agora pa lo suyu sin dase cuenta que mirando pa lo de toos tamién se mira pa lo de un. Y que sin mirar pa lo de toos lo de un va a menos…¿Cómo non lo verán? ¡Tan ciegos! Los mios nietos y los mios fiyos aunque me quieren munchu, dicen que toy vieya, y que ya non veo bien. Por eso me dixeren que viniera al oculista. Ellos dicen que hay que modernizase y que agora lo únicu importante ye la PAC y tener munchos drechos de nodriza y cuantos más praos baxos y más mecanizaos meyor. Pero yo miro pal monte y non veo oveyes, ni cabres. Veo les cuestes perdíes con les vaques flaques afogaes entre cotolles y felechos que i-os lleguen al cuello. Veo que naide roza, ni fai estru, que non cuchamos como anantes y que non nos dexen prender cuatro matos pa que la reciella alcuentre un bocau tiernu. Buenu, si hubiera reciella, que ya digo que nun hay... Y veo que los mios nietos tán más pendientes de la PAC que del monte y que los xabalinos éntrenme na güerta como Pedro por su casa y que manden más en monte los bichos que nos. Veo que la xente olvidó les coses importantes que nos enseñaron los d´atrás. Que tan más pendientes de lo que dicen desde les oficines del Gobiernu, y de lo que dicen pe la tele, que de mirar pal monte. Digo-ios que entre toos tamos faciendo un mundu sin sentíu enterrau baxo una montaña de papeles, pero non me facen ni casu…Buenu, señor, non lu molesto más. Si non me ve na malu vuelvo pa mió casa que tengo la güerta y los animales en sin arreglar. Dicho lo cual se levantó y se fue.
Después se fueron el resto de pacientes. Yo me quedé el último para hablar a solas con aquel oculista tan peculiar.
―Oiga, perdone, no se ofenda con lo que le voy a decir…pero esa mujer que se acaba de ir… ¡está fatal de la vista! —le dije.
―Hombre, ¿qué quiere? Tiene más de 90 años…¡claro que anda mal de la vista! Pero no se equivoque usted: esa mujer que está medio ciega es capaz de mirar mejor que todos ustedes juntos por muy universitarios y doctos que sean. Es capaz de ver para atrás y para adelante, porque conserva en su cabeza la memoria y las imágenes del pasado y tiene una idea de cómo le gustaría que fuese el monte en el futuro. Y eso es así porque pertenece a una comunidad de campesinos que vivió y creó su propio país, que heredó una singular cultura de montaña con la que construyeron el paisaje. Porque esa paisanina y sus antepasados escribieron sobre el puertu su historia. Escribieron sobre la tierra como un escritor lo haría sobre las páginas de un libro. Por eso, cuando mira para el Sueve, lo lee con naturalidad, observando los cientos de matices que a la ciencia, la técnica y la burocracia industrial le han pasado desapercibidos. Pero ella los ve. Y los ve perfectamente ensamblados entre sí como si fueran las letras, las palabras y las frases que componen una novela. Lo ve, lo mira y lo lee como el que leyera la historia de su vida y su familia. Por eso quiere a esa montaña como usted y yo queremos a nuestro propio cuerpo o a nuestros hijos. Por eso no entiende a los funcionarios, a los políticos, a los técnicos o a los ecologistas urbanos y a todos los que hablan de la naturaleza separándola de la cultura de los pueblos que la habitan o de la memoria de sus antepasados. Por eso no entiende tampoco que sus nietos se hayan despistado y solo vean en el monte las hectáreas con las que justificar los pagos de la PAC. Por eso le duele ver el puertu maltratado, abandonado. Lo que para usted, o para sus compañeros de la consulta de esta mañana, es simplemente una bella foto de la Sierra del Sueve sobre la que proyectar de forma unidireccional sus ideas de conservación de la naturaleza, explotación forestal, ordenación del monte, caza o excursionismo, para ella es una foto de sí misma, de su padre, de sus abuelos…es una foto de su casa, de su vida y de su familia compuesta de mil facetas. Por eso los pastores de antes, como esa mujer, lloran cuando ven el sin Dios actual de los puertos y se ahogan en sus lágrimas ante la impotencia de no saber ponerle palabras a unos sentimientos arraigados en lo más profundo de su alma. Los pastores lloran mirando les cuestes, les mayaes, los xerros, los cuetos, les cueñes o les camperes perdidas como usted y yo lloraríamos si nos arrancarán la piel a tiras, si nos quemaran la casa o si alguien menospreciara nuestro trabajo…Esa mujer ve lo que ninguno de ustedes ha visto: la historia de su vida cosida, fraguada y formando parte de la Sierra del Sueve…en cambio, ustedes solo ven la montaña desde la ceguera galopante del etnocentrismo urbano y eso les hace ser parciales cuando no sectarios. Ven pero no miran porque no saben mirar. Porque solo ven una parte y no el todo, Y además solo ven lo que quieren ver dependiendo de lo que les hayan metido en la cabeza en las Escuelas Técnicas o en las Universidades o, peor aún, por sus creencias y por las leyes que han confeccionado para dar carta de naturaleza jurídica a sus distintas visiones que, por si fuera poco, chocan entre sí creando en las montañas de naturaleza campesina más ruido y confusión que armonía….
Como podrán imaginar después de semejante rapapolvo me quedé de piedra. Como si un rayo me hubiera partido en dos. Pero como si ese mismo rayo, de repente, me hiciera ver de golpe. Mejor dicho, mirar.
El médico, que se había dado cuenta de mi estado de turbación, me pidió disculpas por ser tan vehemente.
―En esta clínica —me dijo— tratamos a la gente que tiene problemas de visión. Y lo hacemos para que recupere la vista pero, sobre todo, para que aprenda a usar los ojos y el pensamiento a la vez. Es decir, para que aprenda a mirar.

―Es importante saber mirar. Más importante con mucho que ver. Porque de la mirada serena e inteligente surge el conocimiento y del conocimiento surge el respeto. Y del respeto surge el cariño y la querencia... Solo volveremos a tratar con acierto la montaña si aprendemos a mirarla restaurando los valores de las comunidades campesinas que las habitaron durante siglos e incorporamos nuevas miradas que sirvan para proyectarlas hacia el futuro…

Desde ese día mi forma de mirar la montaña ha cambiado. He comprado unas gafas que me permiten mirar en el tiempo y que me dejan ver tanto lo que sucedió en el pasado como lo que puede pasar en el futuro. Y además puedo regularlas para usarlas como un microscopio — y así ver en detalle lo que pasa en la aldea o en el puerto— o como un telescopio y ver lo que pasa en el resto de Asturias, de Europa y del mundo.
Pero tienen una particularidad aún más importante estas nuevas gafas: solo funcionan cuando se usan en común y con perspectiva comunal. Cuando las uso con la comunidad. Cuando se comparten lealmente entre los que viven en las montañas y los que trabajamos en los gobiernos y vivimos en las ciudades. Cuando las ponemos y nos las intercambiamos todos los que estamos interesados en que vuelvan los pastores a las montañas. Gracias a eso, a compartir entre todos miradas, pensamientos y trabajos, podremos ir ajustando nuestras perspectivas particulares para construir una visión común.
Hoy he subido a Espineres para encontrarme con la paisanina que me enseñó a mirar el Sueve. Le traigo unas gafas de esas que sirven para mirar el pasado y apuntar hacia el futuro para que las comparta conmigo y con sus nietos.
Si alguien conoce a esa mujer díganle que este pregón, además de a Fray Toribio y a mi tío Alberto, se lo dedico también a ella.
Muchas gracias.