domingo, 13 de noviembre de 2016

VOLVER PARA RECORDAR EN URKIOLA


Al final del estío 
comienza el otoño
como los amores rancios tú me olvidas.

Las hojas caen
como mi amor
por el amor perdido.

La Luna llena
completa mi amargura
de pleno en el olvido.
El frío lo cubre todo
los animales invernan
dormidos con  mi amor.

Así me despido de tí
mal amor.

Con hastío
con frío
y con resignación.
José Méndez,trovador del tiempo.



Puerto de Urkiola. Frontera natural entre Vizcaya y Alava. El bosque se transforma en un mosaico de colorido repleto de ocres, rojos y amarillos. Es el momento de desnudarse para la grisura del otoño, repleta del frío y nieve que corona las altas cumbres.


Acebos repletos de frutos, robles, arces, hayas, además de pinos muestran una naturaleza en estado puro, ajenos al ruido y las aceleraciones propias de la vida cotidiana.

Un paraje que alberga ese contraluz de peñascal y selva; de pradería y garganta caliza; un entorno de vientos eternos y silencios como catedrales; circundado por nieblas y misterios enclavado en el medio se alza la basílica de los Santos San Antonio Abad y de Padua. A modo de fortaleza le protege la cima del Amboto, cumbre de la mitología vasca, refugio y  morada de la Diosa Mari.


El hayedo domina el terreno. Simultáneamente alineados, estos plantones han sido introducidos en esta parcela junto a otros ejemplares de robles americanos. Crecen rectos, vigorosos, altivos, en busca de la claridad. Sin embargo, el resto de ejemplares de esta especie dispersos por el resto de propiedades, bien privadas o comunales muestran otro porte diferente.

Algunos de ellos notables, singulares como este de la fotografía superior. Orillado a un lado del camino del pequeño recorrido por el que atraviesa esta ruta. Recupera su figura primigenia alejada de los tiempos en los que los bosques fueron explotados para obtener carbón, por medio de la técnica del trasmocheo de las hayas.

Es el momento de mirar atrás. Hace diecisiete años ya. En un banco parecido a este, bajo el haya como testigo mudo dos nutridos grupos conservacionistas  ARBA  y TXIRPIAL entonan un verso de compromiso. Un juramento protocolario parecido al que se da en la Casa de Juntas de Gernika:
"Ante ti Mari protegidos  
en pie sobre la tierra vasca 
en recuerdo de nuestras palabras
a la sombra de este haya 
hermanados por su savia 
nos comprometemos a  enraizar juntos".


Mientras caminan por la senda de los carboneros, hoy reconvertida en una área recreativa de ocio dentro del Parque Natural, los Simón, Isabel, Dani y Guillermo ponen en antecedentes del funcionamiento de su asociación a los Txemi, Tomy, Adolfo y Maite. Estos últimos escuchan las respuestas de sus interlocutores plenas de sinceridad y sin formalismos burocráticos presentes en otros colectivos.


El tiempo pasa rápido. Sus pasos al trote, como el del caballo de la imagen, al igual que su andanzas han ido unidas al crecimiento del roble y de la encina prestando especial atención a la divulgación y conservación de la Biodiversidad y sus hábitats y en especial de la flora y fauna autóctonas.



El camino avanza por una zona mixta de pastos y hayas. Vestidas todas ellas con su mejor traje otoñal. Algunas mantienen las huellas del pasado. Otras por el contrario brotan con fuerza, de semilla, del hayuco caído del árbol.


A modo de pata de dinosaurio gigante hunden sus raíces en el suelo. Fijándose al terreno. Un hermanamiento entre dos almas gemelas que se funden en un sólo árbol con dos troncos.

La lluvia fina borra los pasos pero no las huellas. El antiguo camino real, ahora enlosado abandona la ermita de Santa Apolina en dirección a la Basílica. Flanqueado a diestra y siniestra por las omnipresentes hayas. Algunas abatidas:



Árboles abolidos
Rebelión de los emboscados.
Bosque protegido.
Abundancia neta de Biodiversidad.
Convertidas en casa, morada y refugio, además de alimento para un gran número de microorganismos. Hasta tal punto de que la supervivencia  de muchos de ellos está ligada a la existencia de estos longévos, y en algunos casos, moribundos vegetales.Los árboles viejos merecen morir de pie y tener tiempo de pudrirse en paz, generando una nueva vida.

Es el final del paseo. Concluye con tres iconos representativos: El Santuario al fondo, el retoño del árbol de Gernika a la izquierda y en primer plano la piedra. 


Levanto la mirada hacia el horizonte  y descubro la realidad de nuestro paisaje. Las frondosas equipadas con sus mejores galas de colores y las coníferas con su verde invariable a lo  largo de las estaciones. Recuerdo el texto de Juan Ramón Jiménez en El silencio de oro:
"Los árboles deslumbrantes del otoño por la tarde en esos parajes limpios del campo, cuando se han ido todos, y no queda más que uno con la soledad".