Nos adentramos en este frondoso hayedo de Valporquero, menos conocido que sus cuevas, afortunadamente. Un serbal de los cazadores nos da la bienvenida en esta entrada natural. Según avanzamos y subimos por las empinadas cuestas, descubrimos retorcidas formas y figuras que presentan las hayas más vetustas. Otras permanecen en el suelo, dando una segunda oportunidad a sus ancianos troncos, sirviendo de refugio de biodiversidad para otros microorganismos. Acoplados a la roca caliza, en algún caso, los tejos aquí retratados alternan entre algunos ejemplares jóvenes con otros jóvenes más robustos y ancianos. En esta ocasión, a pesar de la umbría, también encontramos primeros síntomas del cambio del color en las hojas de hayas y tejos fotografiados.
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