viernes, 10 de octubre de 2008

ARBOLEMOS SERIAMENTE


JOAQUIN ARAUJO 29 de septiembre de 2008, Fuente: Naturablog

Una de las más sorprendentes torpezas que nos acompañan es no dejarnos acompañar por lo espontáneo. Acaso porque es gratuito y vivimos sumergidos en el vertedero de los precios. Lo que no cuesta monedas, en efecto, carece de la posibilidad de ser exhibido en los escaparates de la competitividad.
Con todo, sigue siendo lo que no consta en los sistemas de contabilidad al uso lo que nos resulta más necesario. Lo inadvertido es imprescindible. Lo desconocido siempre es lo más útil.
Los árboles proclaman con absoluta contundencia esta generalización que acabas de leer. Pero que puede ser completada con el hecho de que no sería caro duplicar la superficie forestal de este país si tenemos en cuenta lo que producen los bosques, las funciones que desempeñan y, sobre todo, la forma en que lo hacen.
Si eficiencia es hacer mucho con muy poco, nada tan eficiente como un árbol, especialmente si se tiene en cuenta su duración. La fecha de jubilación es también una fortuna para nosotros porque bien puede equivaler a la de cuatro, cinco, seis generaciones de estos y los futuros pensionistas. Porque con lo ya puesto sobre el territorio y poco más, los gigantes del mundo vegetal pueden iniciar una larga vida de embellecedor destino. Es más: poco, muy poco, es lo que limpia, aporta, acoge y devuelve en mayor proporción que un árbol.
Recordemos.
Para empezar son varios miles las materias, principios activos, servicios, reciprocidades e inquilinos que las arboledas proporcionan. Por tanto no vamos ni siquiera a empezar a mencionarlas. Si el hecho de que para combatir las cinco más graves enfermedades que ahora mismo sufre la vivacidad del planeta, los árboles son el mejor antídoto, la terapia más activa eficaz y eficiente, la medicina prodigiosa. Entre otras cosas porque las cura todas al mismo tiempo.
Sólo por el prestigio que tienen los productos farmacéuticos a la hora de aliviar penalidades deberíamos ser capaces de extrapolar el real valor de los árboles. Que, por cierto, no sólo curan al derredor, sino también a nosotros mismos y tanto de forma directa como indirecta. Tengamos presente que la calidad del aire que respiramos se debe en no poca medida a la tarea de liberación de oxígeno que acometen los árboles.
Pero volviendo a los deterioros de la Naturaleza urge que al menos alcancen todo el merecido reconocimiento las capacidades sanadoras del bosque. Porque ya es hora de que, si hay subvenciones, muy cuantiosas, por sembrar, tantas veces falsamente, los campos de pan llevar, no las haya para la cosecha de aires limpios.
Es decir que los bosques resultan ahora mismo imprescindibles para la lucha contra el calentamiento global de la atmósfera. Todavía más activos, a corto plazo, resultan si queremos detener a los procesos erosivos y de desertificación. Sin olvidar que la pérdida de multiplicidad vital es otra de las afrentas a lo que precisamente más nos regalan las formaciones forestales de este planeta.
En consecuencia, nada mejor para combatir la desaparición de las especies que plantar árboles. La mejora de las precipitaciones, la regulación hídrica, los microclimas serían por último las aportaciones definitivamente rentables derivadas del aumento de esos bosques. No uno por español, nos merecemos 150 más.