lunes, 14 de septiembre de 2009

EL VACIO EN EL INTERIOR


En mi pueblo, Antoñán del Valle (León), todavía tocan las campanas a muerto, a misa, a fiesta , a hacendera, a fuego, a concejo..
Todavía cantan los grillos, croan las ranas, cacarean las gallinas, graznan los grajos, zumban las abejas, trinan los pájaros, arrullan las palomas, chirrían los vencejos, ululan los mochuelos, cuchichían las perdices, crotoran las cigüeñas, aúllan los lobos, ladran los perros, chillan las liebres, maúllan los gatos, balan las ovejas, rebuznan los burros, relinchan los caballos, gruñen los cerdos, mugen las vacas…
En mi pueblo todavía llueve, truena, graniza, sopla el cierzo, silba el viento, chispea el fuego, susurra el arroyo y manan las fuentes y pozos artesianos. En mi pueblo todavía se canta, se ríe, se llora, se habla y se aprecia el silencio. Hay vida. Todavía.
Aún conservo aquellos sonidos que siendo niño escuché; y, si la memoria no me falla, me acompañarán hasta que muera. Es ley de vida que se mueran las personas, pero no permitamos que se mueran los pueblos
.
PEDRO SERRANO MARTÍNEZ.
Es cierto lo que cuenta este lector, en una carta enviada al diario de prensa gratuita 20 minutos.Y conviene no olviarlo. Pero también es verdad, que la situación de la población rural en España va decreciendo. Las ciudades se hacinan y el campo se vacia. Lo que produce graves consecuencias en el entorno rural: aumento de la edad de la población residente; poca o casi ninguna presencia de población infantil; abandono de las labores tradicionales; homogeneización de paisaje; pérdida de biodiversidad, que arrastra consigo la pérdida del patrimonio cultural.
Buscando las causas, podemos mencionar las siguientes: la mecanización del campo arratra la reducción de mano de obra; la falta de la calidad de vida y de servicios en los propios pueblos; las expectativas de desarrollo que generan las grandes ciudades en
las mentes de la población autóctona.
Con independencia del sosiego y la tranquilidad a la que aspiramos cuando nos desplazamos al campo, al pueblo, un fin de semana, unos días, en busca de la calidad de vida que parece no la tenemos asegurada en nuestro entorno cotidiano. Hay que encontrar fórmulas atrayentes, aparcando las manidas ideas del agroturismo y centro de turismo ruaral, sobredimensionados en algunos caso, necesarios en otros. Es necesario prestar más atención a lo pequeño. Porque cada pueblo, cada núcleo rural puede tener unas necesidades básicas que no resultan aplicables a otro que dista a muy pocos kilómetros.
Teorías mágicas no existen, bastaría con conformarnos con que los que están se queden, no que regresen los que se fueron. Para lograr eso, hay que dotar a los que sobreviven en el mundo rural de una mínimas necesidades sanitarias y educativas, mejores servicios de transporte, para que cuando se tengan que desplazar en busca de lo que no tienen en su pueblo, lo puedan hacer en otro próximo.
Simplemente por gratitud, por que el campo, el medio rural, presta muchos servicios a la ciudad, más allá de los alimentos de primera necesidad que consumimos y encarecidos enormemente en nuestro puesto de compra habitual. No olvidemos que los bosques de nuestros pueblos, valles, vaguadas, lindes y caminos fijan el CO2, purificando el aire que respiramos. Por no mencionar el patrimonio cultural que atesoran, siendo éste cuantioso.
Quizás en la mirada perdida, de la señora que aparece en la fotografía que acompaña este texto, podamos resumir lo que pasa por su cabeza, tras su paseo matinal diario por el pueblo de Suárbol (León): "Virgencita, virgencita que me quede como estoy".