lunes, 10 de noviembre de 2008

BROTAR


JOAQUÍN ARAÚJO
10 de noviembre de 2008. Fuente: Naturablog, El Mundo


Poco o nada nos ayuda tanto como las viejas palabras. Porque con la lengua sucede como con la Naturaleza: lo que se esconde en ellas a menudo resulta esclarecedor: nos explica tantas cosas que casi llegamos a comprender. Lo digo porque, a veces, se usa un bellísimo giro lingüístico que expresa la circunstancia del que pasa por un buen momento creativo. Vamos, que de pronto tiene muchas, buenas y oportunas ideas, caso de que trabaje con ellas; o que le sale todo bien, en cualquier otra actividad del tipo que sea.
Entonces algunos llegamos a decir “estás brotao”. Como reconociendo que ese impulso inicial de la vivacidad, que abre las yemas o rompe con verdes tallos la superficie de la tierra, equivaliera -que equivale- a la lucidez. Es decir, la inspiración dándole la mano al talento para conseguir una excelente producción. Como todos sabemos, también brota el agua o cualquier otra realidad que se haga patente desde las infinitas trastiendas, retaguardias, despensas...
Anda ahora mismo queriendo brotar la sementera, sobre todo en la mitad sur del país si se respetó el casi olvidado calendario de la vida. Brotan y brotaron en las pasadas semanas unos cuantos miles de millones de hongos. Pero sobre todo brotó la fina y modesta e imprescindible hierba. Y lo hizo casi por todas partes porque el riego otoñal no ha sido malo.
Todo esto: el regular retorno de la renovación de la vida que parte de los oscuros, olvidados y maltratados suelos debería inspirar a los que, por obligación moral, deberían “estar brotaos” poco menos que siempre. Me refiero a los que son responsables del correcto funcionamiento de sus instituciones, de la administración o del tercer o cuarto poder.
A veces, muy pocas, no nacen en su mejor momento los renuevos de lo espontáneo. Últimamente con alguna frecuencia por causa del cambio climático. Pero su grado de cumplimiento resulta extraordinario. Tanto como demasiado frecuente es la mentira en los políticos y otros dueños del presente y acaso destructores del futuro.
Lo cuento porque veo campos brotados de esa obvia esperanza que mana del inquebrantable compromiso de la vida con ella misma.
Y se me ocurre -¿cómo no?- que la verdadera refundación del sistema sería la de imitar a la vieja, lenta y segura sabiduría de la savia. Porque no concibo mejor modelo económico que éste, el que rige a la pradera y al bosque: que vuelve todos los años con muy poco más o con muy poco menos que el anterior. Que crece porque apenas crece. Que dura y se renueva porque es viejísimo. Que a nadie deja fuera, ni condenado al paro, o a la ruina o a la migración forzosa...
¿Se percatarán, algún día, de que el modelo a seguir es el de la vivacidad?